Asímismo, la metrópoli itálica asimiló creencias y costumbres de los pueblos sometidos. Puede decirse que la gran urbe empezó a “desromanizarse” y ser conquistada culturalmente por sus dominados.
En un proceso semejante al que se ve actualmente en las ciudades más cosmopolitas del mundo, en la ciudad de Roma se dio un fuerte movimiento inmigratorio que llegaba en busca de fortuna, aspecto que fue acentuando el caos y la desorganización de la vida cotidiana de la urbe; algunas de las consecuencias de esto fueron la especulación inmobiliaria, el congestionamiento de las callejuelas romanas de carruajes y con ello malas condiciones de higiene. La ciudad se renovó después del 64 d. C., a raíz de un devastador incendio. Esta reorganziación de la estructura urbana se basó en un plan maestro de acuerdo al cual se trazaron calles rectas y anchas e introdujeron grandes parques; asimismo, se construyeron acueductos que alimentaron de agua a la ciudad, lo que permitió mejorar la higiene.
Pero no siempre fue la guerra el mecanismo de expansión. La grandeza de Roma y su poderío regional hizo que varios soberanos pidiesen la protección de este nuevo Estado ante posibles invasiones.
Los instrumentos básicos de la conquista fueron el ejército, la marina y la diplomacia.
Cada emperador dictó medidas distintas para el reclutamiento y disciplina del ejército, pero todos mantuvieron una armada numerosa capaz de grandes empresas bélicas y una infraestructura que permitió el control de las nuevas zonas dominadas. Roma, por un lado, utilizó la conquista, y por otro, aplicó una política de colonización en la que los legionarios dejaron las armas y se convirtieron en agricultores y comerciantes.
Sin tener una fuerte tradición naviera, el crecimiento del imperio obligó a los romanos a adentrarse en la navegación y a modernizar las técnicas.
La diplomacia fue un arma fuerte del expansionismo romano. De forma cautelosa, se lograron acuerdos beneficiosos para Roma. En caso contrario, se violaban las disposiciones de tales acuerdos y las fronteras vecinas con tal de anexar nuevas regiones.
Para el dominio de su vasto territorio, Roma hizo uso de dos mecanismos: la construcción de caminos y la fundación de ciudades. Las carreteras fueron igual de importantes o más aún que las ciudades. Eran los lazos que articulaban al imperio a través de 90,000 Km de caminos de losas de piedra o guijarros, los cuales facilitaban el control militar de las fronteras y de las posibles rebeliones, así como el intercambio comercial. Estas calzadas permitían el rápido desplazamiento de ejércitos y de caravanas de mercaderes y de los correos.

Además de los desplazamientos de romanos e itálicos a todas las provincias del imperio, es importante señalar las migraciones forzadas de miles de prisioneros de guerra convertidos en esclavos. Estos provenían de diferentes regiones y estaban obligados a trabajar en Roma o en provincias lejanas de sus lugares de origen. Ahí desempeñaban trabajos como mineros y fundidores de metales, constructores de caminos, remeros de las embarcaciones militares y mercantiles, servidores domésticos, artesanos en diferentes oficios, gladiadores, adivinos, poetas y músicos. En el mercado de Delos llegaron a venderse más de 10,000 esclavos en un día.
Revisar la expansión romana en sus efectos materiales y culturales nos lleva a entender las múltiples herencias que se han transmitido a lo largo de la historia y que aún viven en nuestro presente.