En siglo XVIII Inglaterra vivió significativos cambios derivados de los avances tecnológicos, ello aunado a una política gubernamental aliada de los empresarios y burgueses, quienes requerían de nuevos mercados para colocar su capitales excedentes, materias primas abundantes y mano de obra barata. Así, salieron a otros territorios en búsqueda de rutas comerciales y productos.
La posesión de la India, dominio colonial eje del imperio inglés, representó una fuente de riquezas y pieza clave del dominio político y estratégico que llevaron a la Gran Bretaña a consolidar su sistema capitalista y convertirla en una gran potencia imperial. A través de la producción india de algodón, se amplió y engrandeció la industria textil inglesa, con la extracción de minerales tales como el hierro, carbón, bauxita, se aceleró la construcción de ferrocarriles y la producción de industria pesada. De igual manera, la explotación de yute, trigo, aceites y té, entre otros, fortaleció a distintas industrias. Esta colonia de explotación amplió los capitales exportados de la metrópoli al ser invertidos en diferentes ramas de la producción y de las finanzas. Además de estas ventajas, hay que tomar en cuenta la extensión territorial de este dominio, que como posesión inglesa comprendía aproximadamente cinco millones de km2, con una diversidad de climas y suelos que la convertían en una fuente de explotación de recursos agrícolas y mineros. Su posición geográfica la convertía en un punto estratégico fundamental para las redes comerciales que se trazaban del Oriente hacia el Occidente. Su situación peninsular en medio del Océano Índico, representaba un punto muy importante en el control geopolítico del continente asiático. La India representaba un dominio puente entre las puntas del gran comercio colonial: Hong Kong en Asia, y Malta en Europa.
Mapa del mundo en 1886, las áreas sombreadas en rosa pertenecían al Imperio británico.
Fuente: insert_link Wikimedia commons.
De tal manera era apreciada esta colonia, que Inglaterra tomó una serie de medidas para resguardarla de las ambiciones de otras potencias, especialmente de Francia, y alejarla del expansionismo del imperio ruso; para ello creó los protectorados de Beluchistán, Cachemira y Afganistán, estados que cumplían la función de diques para aislarla de sus vecinos. La presencia británica en la India data desde 1600, cuando rivalizó con portugueses, franceses y holandeses por establecer emporios costeros. El contacto con los occidentales hizo que la economía de este subcontinente estuviera más supeditada a la importación de productos manufacturados y a la exportación de materias primas. A mediados del siglo XVIII, tres centros urbanos ingleses habían monopolizado buena parte del comercio de la región: Madrás, Bombay y Bengala y desde ahí, los ingleses iniciaron su hegemonía política al interior de la península. Para entonces la India presentaba un panorama económico, social y político heterogéneo, contaba con una numerosa población de cerca de 250 millones de habitantes y el desarrollo de centros urbanos; tenía una industria textilera artesanal de gran importancia que activaba el comercio de telas de algodón en el mercado interno y externo, así como un mosaico multicultural.
A través de la Compañía de las Indias Orientales, empresa privada con amplios poderes otorgados por la Corona, los ingleses emprendieron una agresiva conquista y colonización de la India. El gobernador Warren Hastings (1772-1785) fue el fundador del imperio británico en la India. Sin un numeroso ejército, Inglaterra logró extender sus posesiones al Sur, al centro de la península, al valle del Ganges y Birmania al Este, y al reino Sikh del Punjab al Norte. En este período la corona utilizó los trabajos de cartógrafos y topógrafos para conocer las características de su nueva posesión, tal fue el caso de G. Everest quien levantó mapas de recursos naturales, midió montañas y contribuyó a establecer los límites con otros imperios, especialmente el ruso, con quien se entabló una dura disputa por el dominio de Afganistán.
Fuente: insert_link Wikimedia commons.
La mayor parte de los territorios dominados fueron gobernados directamente por una autoridad inglesa y en los 600 estados restantes se estableció una dominación indirecta, en la que los príncipes ejercían el poder político y los representantes de la corona inglesa controlaban las actividades económicas. Esta forma de aplicar el poder beneficiaba ampliamente al imperio al mantener el dominio de extensos territorios a bajo costo. Varios estados se fueron adhiriendo al imperio en la medida en que enfrentaban crisis económicas y políticas internas. Con cerca de 900 funcionarios y un ejército de no más de 70 mil soldados británicos se logró gobernar un vasto territorio habitado por cerca de 250 millones de habitantes y que a principios del siglo XIX alcanzaría los 350 millones.
Este proceso colonizador se llevó a cabo en dos etapas: la primera, de 1772 a 1857 y la segunda que se prolongó hasta 1947, fecha en que la India consiguió su independencia. En 1857 una rebelión del ejército indio marcó un viraje en la política colonizadora inglesa. En mayo de 1857 una parte del ejército colonial integrado por soldados nativos, los cipayos, pertenecientes a grupos musulmanes, a clases acomodadas de la región de Bengala, se sublevó en contra del Raj (término con el que se denomina a la administración colonial inglesa en esta colonia que para entonces comprendía los territorios de India, Pakistán y Blangadesh y posteriormente Birmania).